Platicando de casos reales: Hay militares y hay idiotas con uniforme, no son lo mismo.

 


"No hay bandera lo suficientemente larga como para cubrir la vergüenza de matar a gente inocente"

Howard Zinn

La agresión a 3 jóvenes estudiantes de la Universidad de Guanajuato en días pasados por parte de la Guardia Nacional, que tuvo como resultado la muerte de Ángel Yael Ignacio Rangel y dejó con lesiones graves a Edith Alejandra Carrillo me hizo recordar una anécdota exactamente igual años atrás. 


Cuando tenía diecinueve años, 7 compañeros más y yo, rondando la misma edad (el mayor tenía 23, la menor 18) nos pusimos de acuerdo para asistir a un evento vía carretera, cooperando nos salía más barato rentar una Suburban para los ocho los tres días que calculábamos de viaje, todos manejábamos así que la idea era turnarnos en el volante cada que se cansara el chofer en turno, con ello nos ahorrábamos la tarifa aérea (nada barata en ese entonces) y compartiríamos habitación una vez en el Distrito Federal, nuestro destino, éramos 5 chicas y 3 chicos.


Salimos de Mérida, Yucatán a las 8:00 a.m., emocionados, sintiéndonos emancipados por un viaje de 3 días en donde la pasaríamos el mayor tiempo en carretera, pero esas son las aventuras que valen la pena. 


Estábamos por llegar a Campeche y en la chorcha que llevábamos todo era risas y escándalo, la verdad parecía mercado nuestra Suburban, yo iba en la tercera fila con dos chicas más, en la ventanilla, del mismo lado que el conductor, veía las espaldas de los otros tres de la fila delante nuestra y el asiento del conductor, que de cuando en cuando volteaba la cara para seguir en el mitote.


De repente sentimos dos “tup” “tup” como pequeños bachecitos y seguimos, casi inmediatamente el copiloto le dice la conductor gritando “¡¡Güey te pasaste el retén!!, ¡¡te pasaste el retén!!”, el conductor bajó la velocidad y preguntó “¿Qué retén?”. Resulta que los dos “tup” “tup” que sentimos eran los topes hechos con llantas que los militares ponían para bajar la velocidad al pasar por el lugar de vigilancia donde estaban apostados, por ir jugando no los vimos, y con el peso y la altura de la camioneta los pasamos como si nada.


No transcurrió ni un minuto cuando nos alcanzó una camioneta militar y nos cerró el paso, paramos por supuesto, de la parte de atrás del vehículo bajaron 6 soldados armados y rodearon nuestra Suburban, con las armas prestas pero siempre apuntando al suelo, para ese momento se habían acabado las risas.


Uno de ellos ordenó “¡Bajen los cristales!”, así lo hicimos, una vez que pudieron ver nuestras caras asustadas bajó el copiloto de la camioneta militar, se veía molesto, llegó a nuestro conductor y con voz amable pero en un tono áspero le espetó su nombre y cargo, era un Sargento, su nombre  no lo recuerdo, seguidamente le preguntó secamente “¿Por qué no obedeció la señal para detenerse?”, nosotros nos revolvíamos nerviosos en nuestros asientos, volteándonos a ver unos a otros, todos en silencio, mi amigo tenía los nudillos blancos de tan fuerte que estaba apretando el volante.


De repente y de manera espontánea, el copiloto, un joven de 21 años en ese entonces, dijo “¡Por güey!”, era tanta la tensión por ver molestos a los militares con nosotros y tanto nuestro susto, que su respuesta no esperada nos hizo estallar en una risotada.


Hasta los militares se rieron, bueno, hasta el Sargento que estaba segundos antes visiblemente molesto, se rió, relajados por la risa, los militares aún con las armas hacia el suelo (todo el tiempo las conservaron de esa manera, al frente, empuñándolas, pero apuntando al suelo, nunca a nosotros o a la camioneta en la que viajábamos), se acercaron, miraban dentro de la Suburban, a nuestros pies, al techo, nuestros rostros más de cerca parados frente a nuestras ventanillas, el Sargento preguntó en forma más amigable “¿traen alcohol, cerveza?”, todos contestamos al unísono “Noooo oficial”, más tranquilo nuestro conductor se disculpó con el Sargento diciendo que por venir conversando no había visto el retén ni su señal para detenerse, lo cual era cierto.


“¿A dónde se dirigen?”, preguntó, le respondimos, asentía con la cabeza y miró de reojo a uno de sus soldados que había dando la vuelta a la camioneta, éste respondió a su mirada con la cabeza diciendo sí, ante esta señal, el Sargento nos dijo, “Que les vaya bien, vayan con cuidado y respeten los retenes”…volvieron las sonrisas y le contestamos a coro “¡Gracias oficial!”.


Primero subió él al vehículo militar y seguidamente lo hicieron casi al mismo tiempo de un salto, los seis soldados que lo acompañaban, en la parte de atrás y se alejaron de regreso al retén unos metros atrás, el chofer que los llevaba, nunca se bajó de la camioneta.


Fue nuestro tema de conversación, risas y burlas a nuestro conductor por horas aquel día.


Viéndolo a la distancia, fue una absoluta imprudencia de nuestro chofer y nos pudo haber costado la vida a los 8 viajantes, íbamos en una camioneta Suburban negra, los cristales de esas camionetas son oscuros, los de privacidad que les llaman, el tipo de vehículo frecuentemente usado por el crimen organizado, nos pasamos el retén a más de 80 kms por hora y no respetamos la señal del Sargento cuando pidió que nos detuviéramos para revisarnos. 


Con la madurez además podemos ahora darnos cuenta de que la actitud de los militares fue la correcta, los retenes militares están para prevenir contrabando, secuestro, drogas, no están tratando con angelitos, en cada evento similar la vida de los mandos y sus hombres a cargo está en peligro, si nos hubieran rafagueado a balazos pudieron haber tenido todos los motivos y justificación para hacerlo, porque nosotros estúpidamente se los dimos, y aún así nos alcanzaron para primero investigar y dialogar antes de encañonarnos o disparar un sólo tiro.


Recordando esa aventura juvenil, me entristece la muerte de Ángel Yael porque yo tenía su misma edad cuando viví algo similar, a ellos tres sí los balaceó un elemento de la Guardia Nacional, antes de investigar, antes de preguntar, un imbécil armado con nula preparación que ha dejado dolor y miedo a tres familias, indignante que esté en libertad un sujeto así, porque era la vida de un joven estudiante con proyectos e ilusiones, no un criminal, una vida que ya no puede recuperarse. 


Ni exonero ni condeno de manera general a nadie ni a ninguna corporación, creo que hay de todo en todas, tanto públicas como privadas, lo que sí puedo decir es que estoy viva y mis 7 amigos también porque ese día nos tocaron militares preparados y bien entrenados, si la situación hubiera sido distinta y en lugar de nosotros, un grupo de muchachos rumbo a un evento, hubieran sido criminales, ellos hubieran respondido con toda su fuerza letal, sin duda.


Hay muy buenos militares y también hay idiotas con el mismo uniforme y  armados, no por estos todos los elementos de las Fuerzas Armadas son malos.


El caso particular del imbécil que le quitó la vida a Ángel Yael e hirió de gravedad a Edith Alejandra no es toda la Guardia Nacional, pero no podemos permitir que se convierta en el general.


De corazón deseo que la paz de la aceptación llegue pronto a la familia de Ángel Yael Ignacio Rangel, porque no existe dolor más grande que preguntarnos y repreguntarnos los ¿por qué? al perder a un ser querido de esa manera.Mi más sincero y sentido pésame. 


A tí, gracias por acompañarme una vez más. Nos leemos pronto en otra plática de té y café. 


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